martes, 4 de noviembre de 2014

BOLA DE LUZ


BOLA DE LUZ



Escrito por José Antonio Criado Cazorla


Todo comenzó cuando era joven, iba con mis amigos de fiesta, habíamos bebido y teníamos que coger el coche, yo le dije a unos de mis amigos, al que conducía, que fuese más despacio, pero no me hacía caso.
Ocurrío lo que me temía, tuvimos un accidente en el que mi amigo -el que conducía- murió y el copiloto se lo tuvieron que llevar en una ambulancia muy grave, mientras que nosotros, los que estábamos atrás, sólo salimos con alguna herida sin importancia.
Fuimos al entierro de mi difunto amigo y me invadía una sensación de culpabilidad por no haber cogido yo el coche.
Nos ibamos recuperando de este trago levemente incluido el copiloto.
Después de unos años mis amigos se fueron a estudiar, pero yo quería ser militar y obviamente me fui a hacer el servicio militar.
Un día me quedé solo en el dormitorio, estaba oscureciendo y decidí dar un paseo cuando al salir por la puerta vi una extrañísima bola de luz, salí corriendo a la habitación, me invadía un miedo desolador y me metí debajo de una liter, esa bola se acercó a mí y me habló:
No te preocupes, no te sientas culpable.
Y me quitó esa sensación, aunque todavía lo sigo recordando y rezo por mi amigo.

REQUIEM POR MI ALMA


REQUIEM POR MI ALMA


Escrito por Luis Bermer


Me costó llegar hasta la cima de la colina a las afueras del pueblo, cargado con el saco y la pala. Dejé el saco junto al árbol que haría de cruz. Y me puse a cavar mi tumba.
Tiempo después, la tierra estaba abierta. Su fresca fragancia natural me recordó, por contraste, la corrupción de todo lo que lentamente se pudre fuera, sobre su superficie.
Abrí el saco repleto y, una por una, fui sacando mis motivaciones.
Todas tan rancias, absurdas...
Casi intangibles por su esencia irreal.
Fueron cayendo. Las escuchaba chocar contra el fondo.
Después seguí sacando y arrojando todos mis recuerdos, que por miles se apretujaban dentro del saco. De todas las formas, tamaños, edades y colores; casi al completo cubiertos de enquistados sentimientos, como parásitos imposibles de arrancar.
Todas las personas que alguna vez había conocido estaban allí, evocadas de nuevo en cuanto tocaba el recuerdo; retornaban por un instante de los abismos del tiempo para volver al seno de la tierra. Tantos, tantos recuerdos... que parecían infinitos. Al final, el último de ellos cayó también en la tumba. En un lugar mejor, allí quedarían todos.
Sin excepción.
Mientras iba vaciando el saco, un malestar creciente, indeterminado, iba apoderándose de mi cuerpo. Sentía golpes, arañazos internos. Cada vez más fuertes, y desesperados.
Sabía lo que eran.
Lo que deseaban.
Pero hasta ese momento me había resistido a tomar la inevitable decisión. Era un acto que sólo yo podía ejecutar del modo adecuado. Así que me quité la camisa, tomé una pequeña rama y me la puse entre los dientes. Clavé las rodillas junto a mi tumba y respiré hondo. Los golpes por dentro eran frenéticos. También sabían lo que iba a ocurrir.
Palpé con ambas manos mis costillas flotantes, para localizarlas con precisión. Debía ser tan rápido como pudiese. Así que hundí con fuerza los dedos bajo ellas, intentando asirlas antes de que fuera inasumible.
El dolor me electrocutó.
Noté el calor líquido de la sangre. La rama quebrándose entre mis dientes.
Tiré hacia ambos lados. La carne se abría. Los golpes acompañaban la canción del dolor indescriptible. Grité de forma que sentí la garganta romperse, sin soltar la tenaza de los dientes. Mi mente voló como un cuervo enloquecido, pero antes de desaparecer me iluminó con un destello que reflejaba que, si no continuaba, si me rendía ahora... todo habría sido en vano.
Volqué los restos de fuerza en mis brazos. Y tiré todavía más.
Las costillas crujieron. El pecho no se abrió del todo, pero casi.
Y una corriente salvaje de emociones saltó al exterior, precipitándose en ansioso frenesí hacia el interior de la tumba.
No podían aguantar el estar lejos de cuanto allí descansaba ahora.
Mientras me desmayaba, mi último pensamiento fue más una expresión horrorizada y sorprendida ante lo que acababa de ver:
Jamás imaginé que fueran a ser unas cosas así.
Me despertó la fría luz del alba. No sentía nada. Me palpé el pecho con urgencia.
Se había cerrado como dos manos que entrecruzan sus dedos.
Algo llamó la atención a mi lado y giré la cabeza para verlo. Era un pequeño animal palpitante. O eso me pareció, hasta que me fijé mejor: era un órgano.
Era mi corazón.
Se había quedado a pocos centímetros del borde de la tumba, su destino. Parecía una vieja fruta marchita... arrugada. Lo tomé con cuidado entre mis manos; notando de inmediato la calidez de su débil palpitación, como un eco moribundo de épocas extintas largo tiempo atrás.
Lo dejé caer en la oscuridad. No volvería a verlo jamás.
Me puse la camisa y me acerqué a coger el saco. Aún quedaban en su interior algunos pensamientos inútiles, también un puñado de ilusiones que, bajo la luz de este amanecer, se me antojaron ridículas, patéticas...
Acabé de vaciar el saco en el interior de mi tumba, y lo arrojé a un lado. Cogí de nuevo la pala y me dispuse a devolver la tierra a la tierra. Desde el interior del agujero subía un murmullo, un bullir de sonidos extrañísimos que deseaban ser observados.
Pero me resistí, y ni una de mis miradas cayó sobre lo que allí ocurría.
No tenía derecho a mirar, porque nada de aquello me pertenecía. Era algo íntimo de otra persona; alguien que ya no existía.
Así que comencé a echar tierra, intentando mantenerme lejos de todo lo que estaba escuchando.
Sé que no tardó poco en llegar el momento de dar la última palada sobre el firme de tierra, pero lo conseguí. Nadie podría descubrir a simple vista que allí, junto al árbol, había una tumba. Tiré la pala tan lejos como pude en un despeñadero cercano y recompuse un poco mi aspecto, mis ropas. Después, inicié el descenso de la colina.
Sin mirar atrás.
Mi paso era firme. Mi mente un arroyo que bajaba entre las rocas. El pueblo despertaba a lo lejos, con la noche aún detrás suya. Por el sendero ascendía una persona apoyándose en un bastón. Una persona con la que coincidí en el pasado que, al verme, sonrió. Cuando estuvimos cerca me dijo:
–¡Hombre, Luis! Tú también has madrugado ¿eh?
–No conozco a ningún Luis –le respondí. ¿Y tú? ¿Conoces realmente a algún Luis?
El hombre se quedó con la boca abierta, y retrocedió un paso ante el puñetazo de la sorpresa.
–¿Cómo... has... –comenzó. Pero yo le corté, acercándome a su oído, ignorando su sobresalto, para susurrarle:
–Nunca hables con desconocidos, porque nunca sabrás hasta qué punto pueden ser...
No humanos.
Y continué mi descenso, sintiendo cómo en su cabeza ese conocido que nunca lo fue pensaba que me había vuelto loco, que algo grave me había ocurrido. Pobre ignorante de tantas cosas. Ignorante de que la locura es un privilegio de los vivos.
Nunca de los muertos.
Seguí caminando por estos parajes tan familiares como extraños. La brisa me acariciaba las mejillas con su frescura. Tierna, dulcemente. En un momento, mi visión se empañó con un velo inesperado.
Había lágrimas recorriendo mi cara.
Lágrimas puras, cristalinas.
Como las de un recién nacido que acaba de llegar al mundo.

¿SIGUE JUGANDO?


¿SIGUE JUGANDO?



Escrito por sergi


¿Sigue jugando? Tenia frío, los pies no le respondían, las manos las movía con mucha dificultad intentando abrir la puerta. Las sombras se acercaban y con ellas la temperatura bajaba. Ingrid forzó la puerta hasta que después de unos segundos esta se abrió. Al intentar dar un paso, Ingrid se dio cuenta que estaba paralizada, no se podía mover. Delante de ella había un camino que llevaba a su salvación pero ya era demasiado tarde.

Las sombras la rodearon, arañaban su piel con unas garras invisibles y afiladas. Fuertes zumbidos se convertían en una palabra al llegar a oídos de Ingrid.
No caminaba pero se movía, la puerta se alejaba, intentaba retroceder, pero solo consiguió caer al suelo.
Las sombras la estaban engullendo.
Ya no tenía fuerza. Solo podía chillar aún sabiendo que nadie la oía y de que con su miedo alimentaba aquellos seres inmundos.
Cerró los ojos, deseó con fuerza no estar allí, deseó no haber jugado con lo que no conocía, deseó que todos y cada uno de aquellos seres desaparecieran y por último deseó que todos sus amigos volvieran a vivir y así poder verlos aunque fuese solo una vez mas.
Los zumbidos cesaron, ya no tenia frío y al abrir los ojos vio a sus amigos, sus deseos se habían cumplido.
Todos estaban preocupados, tenían el rostro desencajado y la mayoría de ellos la intentaban levantar del suelo.
Aún era de día, las cortinas que antes no dejaban pasar la luz estaban recogidas, el tablero de ouija estaba sobre la mesa con un vaso en el centro.
Ingrid aún no comprendía que había sucedido, según sus amigos, se había desmayado al tocar el vaso, pero ella solo recordaba haber llegado a la cabaña para pasar el fin de semana y después haber jugado a un juego que había causado la muerte de sus amigos y casi la suya.
Al caer la noche todos se fueron a dormir. Ingrid la última en subir al segundo piso por el miedo que le causaba cerrar los ojos y volver a estar atrapada por aquellos seres, sintió que algo la miraba, que algo la rodeaba.
La luz del segundo piso estaba encendida, así que después de tranquilizarse y mentalizarse que solo había sido una absurda sensación, apagó la luz y dejando la puerta entornada de su habitación, se acostó en la cama con la intención de dormir.
No conseguía conciliar el sueño ya que cualquier sonido la asustaba, al girarse se asustó de su propia imagen reflejada en un espejo.
Al cerrar los ojos, por fin consiguió dormirse.
Las sombras volvieron, la atrapaban, el frío volvió a invadir su cuerpo, un escalofrío, un grito y de un salto se despertó. Ya volvía a estar despierta nuevamente.
Un escalofrío invadió su cuerpo al oír un ruido. Al mirar hacia la puerta vio que la puerta de la habitación estaba abierta de par en par y que la luz del pasillo estaba encendida.
Ingrid se levantó todo y sentir que su instinto le decía que no. Al presionar el interruptor la bombilla estalló.
Ingrid sintió la necesidad de bajar al piso de abajo haber si alguien había ido a ver la tele y había dejado la luz encendida.
Bajó las escaleras con cuidado. Los escalones crujían a su paso cosa que la asustaba y hacia que su corazón latiera mas rápido de lo habitual.
Aunque tenia frío, estaba sudando. Cuando llegó al último escalón no pudo aguantar la tentación de volver a su habitación pero un extraño impulso de valentía lo impidió.
Una vez abajo, Ingrid decidió ir al comedor por si había alguien. Para llegar a la estancia, tenia que cruzar un largo pasillo cosa que hizo temblar todo su esqueleto.
Tenía la camiseta empapada de sudor y eso la incomodaba. Al llegar al comedor pudo ver que no había nadie mas que ella despierta.
Al girar para volver a su habitación vio un pequeño haz de luz que provenía de la cocina.
Al llegar a la pequeña estancia donde aún quedaban los restos de la cena, vio una linterna encendida sobre un pequeña mesa redonda.
Ingrid cogió la linterna y al oír un ruido, su corazón se disparó y corrió hasta llegar nuevamente al comedor donde había mas luz. Al llegar al comedor vio a todos sus amigos sentados alrededor del tablero de ouija .
Cada uno de sus amigos tenia el dedo índice sobre un vaso que no hacia movimiento alguno.
¿Qué hacéis a estas horas levantados? Pregunto Ingrid.
No hubo respuesta alguna, solo un frío silencio.
Ingrid se acerco a ellos y les pidió que no bromearan pero ninguno de ellos se inmutó, a punto de llorar, se acercó lo suficiente para ver como el vaso se empezaba a mover señalando poco a poco un conjunto de letras.
Al cabo de un rato la palabra que formaban las letras era: JUGUEMOS.
Sus amigos dejaron de mirar el tablero de ouija para mirar a Ingrid con los rostros desencajados y con unas miradas que le congelaron la sangre.
Ingrid retrocedió unos pasos instintivamente y entonces vio como sus amigos se abalanzaron sobre ella.
Al chillar y cerrar los ojos sintió una extraña tranquilidad hasta sentir de nuevo unos extraños zumbidos. Los zumbidos cobraron significado y el frío y el miedo volvieron a invadir el cuerpo de Ingrid.
Sus amigos se habían convertido en las sombras y lo último que pudo sentir fue como esos seres le atravesaban con sus garras la piel matándola poco a poco y esperando que eso no podía fuera mas que una pesadilla, se desmayó por el dolor.
Las familias estaban muy preocupadas porque llevaban sin ver a sus hijos mas de una semana. Al llamar la policía, estos acudieron a la dirección de la cabaña en seguida. Uno de los policías al tocar la puerta vio que estaba abierta, al entrar vio que todo estaba ordenado, teniendo en cuenta que era una cabaña de unos adolescentes. Al cruzar un pasillo y llegar a una gran estancia un escalofrío inundó su cuerpo. Había una chica con la piel echa jirones y un conjunto de chicos sentados alrededor de un tipo de tablero. Cada chico tenia las manos llenas de sangre y con uno de los dedos, el único que no estaba lleno de sangre, tocaban un vaso que se encontraba encima de un pequeño papel. El policía abrió el papel doblado y únicamente habían dos palabras escritas: Game Over.

EL DIFUNTO


EL DIFUNTO


Escrito por Román H.G.


"Mi papito ya está morido". Esta es la frase que retumba en los oídos de Sonia cada vez que recordaba a su padre muerto. Aquella mañana de verano, Sonia acompañó a su madre al banco a hacer unos pagos. Como de costumbre la fila llegaba casi hasta la puerta de la sucursal. La niña jugueteaba siempre cerca de su mamá.

No te alejes, que te pueden robar. dijo la señora a su hija.
Extrañada, la mujer veía como la niña platicaba con alguien.
¿Con quién hablas? preguntó.
Con mi papito, ¿qué no lo ves? respondió señalando aun lugar fijo.
Tu papá se fue a Chilpancingo, hacer un viaje a la central de abasto.
No, mi papito se vino a despedir de mí.
Niña, te he dicho que no digas mentiras. Eso es muy malo.
De verdad, mi papito estuvo aquí conmigo.
Te pegaré llegando a casa. Sólo espera a que salgamos de aquí.
La niña se alejó, mientras su madre la vigilaba a distancia. En un descuido, la niña se perdió de vista.
Sonia salió corriendo del inmueble y pronto se vio perdida. Sin saber qué hacer, comenzó a llorar.
¡Quiero a mi mamá!
El día se tornó oscuro y una intensa lluvia amenazaba con caer. Acurrucada en un portal, lloraba desconsolada. Una mano la tomó por el hombro.
¡Papito, has vuelto! expresó la niña abrazando a su progenitor.
Sí, no podía dejar que te perdieras. contestó el hombre formando una tierna sonrisa Vamos a casa.
Tomó a su hija de la mano y caminaron.
Me dijiste que estabas muerto, que ya estabas con Diosito.
Sí, y tengo que llevarte con mamá.
Dime, ¿qué pasó?
Un trailer arrolló el coche y sólo vine a despedirme. Pero quiero encargarte que le digas a mamita que no se preocupe por mí, que yo donde esté las cuidaré y velaré para que nada les falte.
Finalmente, llegaron a la casa.
Ya llegamos. dijo el hombre Anda, entra y dale el mensaje a mamá.
El teléfono de la casa comenzó a timbrar. Apresurada, la desconsolada madre corrió a coger el auricular.
Sí, ¿Cómo dice?... ¡No puede ser!...
Tal fue la sorpresa que cayó desmayada. La noticia era fatal, su esposo había perdido la vida instantáneamente al ser embestido por un camión de doble remolque.
Cuando recobró el conocimiento se lamentaba.
Mi hija perdida y Pedro muerto, ¡no puede ser!
Un toquido la sacó de su ensimismamiento.
¿Quién puede ser? se preguntó a si misma al acercarse a la puerta.
Abrió, era Sonia.
¡Gracias a Dios, hija mía!, ¡creí que te había perdido igual que a tu papá!
No mamá, mi papito está bien, me dijo que no te preocuparas por él, que desde el cielo nos iba a cuidar.
¡¿Cómo sabes que tu padre...
Sí, él me trajó a casa.
¡No, no puede ser! comenzó asustarse.
La niña se acercó a la ventana y observó.
¡Mira, ahí está! gritó señalando la silueta.
¡¿Dónde?!
¡Por la esquina!
La madre salió rápidamente y alcanzó a ver la sombra de Pedro que se alejaba del lugar, levantando la mano en señal de adiós.
Ambas se abrazaron y su mamá le juró que estarían juntas por siempre.


LA NOCHE


LA NOCHE


Escrito por Noctua7


Llega la 1 de la madrugada y se despide nuevamente de sus padres,antes de ir a dormir. A los 3 minutos recuerda que dejo sus libros por en medio del salón, a si que vuelve antes de que se le olvide para recogerlos. Después de tener todo en orden cae en que no puso en la lavadora la ropa de color, seguro que su madre le reñirá si se da cuenta.
Después del ajetreo tiene hambre y quiere comer algo, coge un par de bolsas de patatas. Vuelve para despedirse nuevamente de su madre y le promete que se va a dormir. Cae en que no ha mirado su correo, así que se pone a mirarlo, responde a cada uno de los emails que ha recibido hoy, incluso reenvía cadenas con mensajes de amor o maldiciones para quién no la mande. Y después de tres horas viendo un programa de tele tienda decide probar un juego nuevo de su hermano.
Lo único que no quiere es oír el ruido estrepitoso de las persianas al caer de la casa de enfrente. Le estremece cuando las oye chocar violentamente, impulsadas por las manos de alguien que nunca vio pero que sabe que le observa cada día. Es bastante tarde y ya no puede resistir más, avanza por la inercia que imprimen sus piernas hacia el sofá cama, no ha encendido la luz porque no quiere que le oiga, se ha quitado incluso el calzado y la puerta la abrió despacio. A pesar de los intentos la ventana que permaneció todo el día cerrada, se abre con tan sólo sentirla. El miedo la paraliza, no puede moverse. No sabe si avanzar hacia la cama o volver corriendo al salón. Su instinto reacciona buscando protección y va corriendo a la habitación de sus padres. Estos la acompañan, le dicen que con 16 años no es para que se comporte como una niña y le dicen que están en verano y normal que el vecino abra la persiana. Cuando se asoman por la ventana ven que esta cerrada a cal y canto. Ya sólo la miran con desesperación, lleva un mes durmiendo de día, come demasiado por la ansiedad. Suponen que sólo es una etapa, es una época tan difícil...
Se queda allí tendida meditabunda, decide ponerse el mp3 para no escuchar nada y poder dormir un poco. A las 6:30 algo la despierta, un haz de luz empieza a colarse por la ventana. La luz la tranquiliza, invita a la vida. Se levanta para beber algo, pero un detalle llama su atención, las cortinas están corridas. No recuerda que sus padres las movieran, de hecho se lo tiene prohibido. Tiene miedo de acercarse y volverlas a poner en su sitio, sabe que la esta mirando, no ha parado de observarla y no sabe que puede hacerle. A veces le ha oído murmurar y reírse, lo único que entendió un día de su voz fue: "a veces mueren, otras veces desaparecen, otras veces simplemente le rompo los huesos y les dejo morir lentamente".
Su madre se ha levantado para echarle la bronca a su hermana mayor, tiene el volumen de la TV demasiado alto, le gusta, todo lo que le haga evadirse de la situación y alejarse de la verdad le tranquiliza.
Así que con la luz y las voces empieza a coger el sueño que tanto necesita, piensa que quizás sus vecinos tengan unos niños bromistas, quizás sea todo una paranoia. Si eso tiene que ser, una paranoia.
Por qué iba alguien a estar observándola todo el día, no tiene sentido.
Sabe que esa obsesión acabara con ella, tiene que intentar deshacerse de esa sensación.
Lo mejor es que intente dormir, y olvide esas locuras. intenta coger una posición cómoda para adentrarse en el sueño, pero al volverse le ve cara a cara, no hay dónde esconderse, esta en su cama mirándole con sus ojos vacíos e inexpresivos, le sonríe y le dice: "a veces mueren..."


LLANTO NOCTURNO


LLANTO NOCTURNO


Escrito por Román H.G.


Prepárate para escuchar el...Llanto nocturno. Los llantos del pequeño hicieron despertar de nueva cuenta a Luisa. Aún bostezando, fue a ver a su hijo de seis meses de nacido. La mujer paro primero en la cocina para coger el biberón lleno de leche y dirigirse a la habitación del vástago. Al entrar sintió una presión en su pecho; un olor nauseabundo se desprendió del suelo. Desconcertada por esa extraña sensación, se acercó a la cuna.

¿Qué pasa mi niño? preguntó tratando de tranquilizar al menor.
El llanto seguía, la madre lo cargó. Por un momento él se durmió. Lo regresó a su pequeña cama y se retiró de ahí. Sintió un escalofrío que recorría su espalda. Decidió echar un rápido vistazo a la recámara de su hijo, todo parecía estar en orden. La joven se encaminó hacia su cama. Trataba de dormir, sin embargo, sólo se dedicó a observar la fantasmagórica luz lunar filtrándose atreves de la angosta ventana.
Esta no era la primera vez que le sucedía a Luisa, ya eran varias noches de insomnio. Se preguntaba por qué lloraba todas las madrugadas su bebé, si ella lo arropaba muy bien. No obstante, ella sentía una inquietud cada vez que entraba a ese cuarto. La presencia de alguien o algo se dejaba sentir ahí, pero nunca conseguía verlo.
Al amanecer, Luisa fue al mercado para comprar sus víveres. Mientras caminaba entre los cientos de puestos, se sumergió en sus recuerdos. Como cuando huyó de casa al saberse encinta y se internó junto con su novio al frondoso bosque, lugar temido por los pueblerinos porque aseguran que ahí habitan seres del más allá. Incluso la cabaña habitada por ella, está maldita. Se negaba tajantemente a creer en dicha aberración. Compró lo necesario y regresó a su casa.
Al caer la noche...Los chillidos volvieron a escucharse. Apresurada, corrió hacia al cuarto del niño. Esta vez, el llanto era más fuerte que de costumbre. Sumergida en las penumbras, abrazaba a su retoño. Se percató de un bulto obscuro cerca de la cuna; éste no tenía forma alguna, pero un rostro se asomaba. La sangre se le congeló al ver esa cosa. La cara del bulto era pálida, no se sabía con exactitud si era hombre o mujer. La larga cabellera negra estaba enmarañada, sus ojos eran de un azul intenso. Luisa se estremeció más al ver que "eso" le sonreía de una forma siniestra, mostrando una amarillenta y deforme dentadura. Finalmente, ella reaccionó y salió de ahí para encerrarse en su alcoba. El miedo le pisaba los talones. Aseguró la puerta, iluminó con una vela. Examinó a su hijo; al levantar la pequeña camisa, se horrorizó al descubrir terribles moretones en todo su cuerpecito. Por último, lo hizo dormir. Ella se encontraba sentada sobre la cama, esperando lo peor. Comenzó a rezar un rosario.
El sol apareció. La noche anterior no había ocurrido nada. Luisa no podía olvidar ese macabro rostro. ¿Quién era?, y sobre todo ¿Ese ser que quería de su bebé?, al menos sabía el motivo de ese llanto, ahora deseaba una solución.
Se dirigió al mercado, se acercó al puesto de verduras.
¿Qué pasó Luisa?, te veo demacrada preguntó la anciana vendedora.
No pude dormir toda la noche respondió dejando soltar un bostezo.
La mujer le explicó lo sucedido. Para su fortuna, en lugar de ser juzgada de loca, la septuagenaria comerciante le creyó y le dio una posible respuesta.
La madre regresó a la cabaña, cargaba en una bolsa plantas como Ruda, Romero y Albahaca. Esperó la noche. Luisa se paró en medio de la puerta y esperaba los chillidos. Transcurrió unas dos horas; el niño volvió a llorar intensamente, como si lo estuvieran torturando. Ella corrió y sacó las tres hierbas mojadas con agua bendita. Alzó las plantas y empezó agitarlas sobre la cuna. Ese aroma a putrefacción invadió otra vez el ambiente. De repente se sintió un cuerpo invisible, Luisa podía tocarlo pero no lo veía. Sin perder tiempo, golpeó a esa entidad,a cada movimiento las hierbas escurrían gotas. El cuerpo desapareció. Ante ella se formó paulatinamente aquel diabólico rostro, éste sangraba al momento que dirigía una mueca de dolor y desprecio hacia Luisa. La manifestación junto con el hedor se desvanecía poco a poco. La joven exhaló aire, tomó a su hijo quien se tranquilizó. Lo revisó, los moretones desaparecieron .
Gracias Dios mío agradeció y enseguida se marchó a su cuarto con el bebé entre brazos. La madre por fin pudo dormir con su hijo aun lado de ella.
Aunque el terror había concluido, Luisa y su bebé abandonaron la cabaña. Ella no estaba dispuesta a vivir otra noche de pesadilla y mucho menos toparse con algunos de esos entes malvados.
Desde entonces, nadie se ha atrevido a habitar en ese lugar.

GABRIEL


GABRIEL


Escrito por Carlod B.G



Llevábamos ya buen rato bebiendo vino sin misericordia sentados en una de las bancas de piedra del lúgubre parque. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos. Reíamos y sosteníamos las típicas pláticas de borrachos, hasta que afloró el tema de Gabriel, nuestro amigo muerto.
La expresión de los tres cambió y el silencio se apoderó del ambiente por largos segundos hasta que brindé a su salud y propuse la idea de ir a visitarle a lo que Julián y Miguel, a pesar de que era ya muy entrada la noche, accedieron.
Nuestros negros abrigos lograban a penas hacernos capear el riguroso frío que hacía a esas horas de la madrugada. Al pasar frente la catedral una bandada de murciélagos emprendió el vuelo desde el interior de una de sus altas torres, el batir de sus alas nos hizo abandonar los pensamientos que albergábamos. Caminábamos en silencio, nuestras largas sombras se proyectaron en uno de los muros del antiguo cementerio. Abrimos la pesada reja de hierro, cuyo rechinar quebró el silencio de la invernal noche y penetramos en el campo de almas. A poco rato de caminar entre ángeles de vetusto mármol, imágenes sacras y mausoleos, llegamos ante la tumba de nuestro amigo, luego dejamos un par de velas sobre la lápida y la contemplamos guardando fúnebre. silencio
Las primeras gotas de una lluvia anunciada comenzaron a caer tenuemente y decidimos abandonar el camposanto, la espesa niebla cubría como un manto las calles del viejo barrio. Del interior de mi abrigo extraje una botella de vino y bebí torpemente, un hilo carmín me corrió por la barbilla, le cedí la botella a los muchachos y encendí un cigarrillo. Transitábamos sobre la línea férrea, llegando al penumbroso y extensísimo túnel que conducía hacia la estación de trenes abandonada. Julián, Miguel y yo nos miramos sin decir palabra. Dentro del túnel fue donde Gabriel encontró la muerte bajo las ruedas de un tren de carga años atrás, pero envueltos en los vapores del alcohol y sin pensar en las consecuencias nos adentramos en la profunda oscuridad de su interior.
Íbamos casi a mitad de camino, todo era lobreguez absoluta. Durante la totalidad del trayecto al interior del túnel no paramos de escuchar horribles y fantasmales lamentaciones. De pronto capté una muy leve vibración de los rieles. – ¡Maldición, creo que el tren se acerca! – anuncié y el temor nos paralizó por un momento. Caminamos más rápidamente, casi corriendo buscando alcanzar la salida, pero el sonido del pesado andar de la maquina de fierro se oía ahora cada vez mas cerca y con espanto escuchamos su ensordecedor pitido retumbar fuertemente en las paredes del viejo túnel. El pánico se apoderó de Julián y Miguel que corrieron despavoridos en sentido contrario, yo corrí buscando alcanzar la salida, pero me detuve al observar con verdadero horror que el tren estaba demasiado cerca alumbrando con su poderoso foco y segando mis ojos acostumbrados ya a la oscuridad del interior.
¡Muchachos busquen los salvavidas! alcancé a gritar angustiosamente. Los salvavidas eran espacios que se situaban cada tanto a ambos lados del estrecho túnel y en ellos no cabía más que una sola persona. En forma desesperada deslicé mis manos por las húmedas paredes de piedra sin encontrar el maldito espacio, hasta que el tren pasó...
Cuando desperté me hallaba tendido aún dentro del túnel. Un líquido viscoso manchaba las vías, era sangre, pero no la mía. Trabajosamente me puse de pie, y caminé hacia la salida. Emití un suspiro de alivio al ver las siluetas de Julián y Miguel que se encontraban fuera del túnel, sanos y salvos. Me acerqué a ellos, pero guardaban una extraña expresión en el semblante, les acompañaba otra persona. Mis ojos no dieron crédito a lo que observaban. Estaban con Gabriel.
¡Gabriel estas vivo! exclamé.
No amigos, dijo Gabriel – Ustedes están muertos.

EL PRADO


EL PRADO


Escrito por Rolldi


Esta historia ocurre en un prado que hay cerca de una casa abandonada, desde hace muchísimo tiempo no aparecía nadie por allí, ni un pequeño aliento paseaba por aquel prado, que en sus tiempos fue una alegre villa.
En las venas del prado circulaban sangres azules, de altos cargos y dignatarios que iban a pasar sus vacaciones a aquel sitio. Numerosas familias pasaban sus mejores veranos y sus momentos inolvidables sin pasar desapercibidos de que alguien se ocultaba entre el prado y ellos.
¿Qué era lo que hacía peligrar la vida de aquellos tranquilos visitantes? El ladrón de almas. El ladrón de almas desde hacía mucho tiempo se dedicaba a sacar el alma de los que consideraba vanidosos y sin corazón, se las sacaba del modo que fuese, haciendo sufrir o no, como le apeteciese. Conozco un caso del supuesto ladrón de almas: Es degradante como les sacaba el alma. Una mujer cayó de un quinto piso y sus vísceras fueron atravesadas por miles de pinchos colocados anteriormente en el suelo, de ese modos su alma salió de ese cuerpo asqueroso y lleno de malas acciones.
Una noche tranquila, sin que nadie pasase advertido de una presencia misteriosa en el ambiente, se dispusieron a celebrar una fiesta. Prepararon todo, desde sus comidas hasta las mesas, música, vamos, lo habitual en una fiesta. A la hora acordada los invitados a la fiesta acudieron con los mejores trajes a una fiesta en mitad del prado y sin ninguna protección. Una chica se encontraba en el servicio arreglándose para ir a la fiesta, pero ese no era su día de suerte: Se cortó un dedo por la mitad cuando intentaba mirarse en un espejo, el dolor fue tal, que la chica salió despedida del servicio gritando y alertando a todos los invitados.
Aquellos invitados, debido a los gritos de la chica, se estremecieron y empezaron a ponerse nerviosos, además, empezó a notarse un frío en el ambiente propio de la presencia de un ente desconocida de otra dimensión.
Un señor que estaba arreglando las velas, salió ardiendo sin que nadie pudiese ayudarle, ya que un cristal protegía del paso a cualquier persona antes de que todo estuviese preparado.
En total, la fiesta fue un caos, pero ahora viene lo dramático de la situación: El hombre, consiguió salir corriendo de la habitación acristalada prendiendo a los demás invitados y provocando un baño de calcinamientos. Todos murieron por graves quemaduras, incluida la chica del dedo. Otra persona que estaba presenciando todo, cayó desde la planta 3 de una de las casas circundantes al prado, rompiéndose el cráneo.
Todas las almas fueron liberadas y sometidas por el ladrón de almas a graves torturas físicas y psicológicas después de morir. ¿Qué personas, hay con menos corazón que los ricos?
Nunca se supo nada de este incidente ni se alertó a nadie de lo ocurrido, pero hay algo que tengo claro, yo nunca me acercaré por ese prado, por si las moscas.

La mujer del velo manchado


La mujer del velo manchado


En una urbanización llamada bahía dorada, Había un edificio muy peculiar debido a que en planta baja vivía una mujer llamada María. 
María era una señora mayor, vivía sola, los vecinos de aquel lugar dicen que vivía sola porque era una cascarrabias y nadie la soportaba. 

El edificio era normal, como cualquier otro en el mundo, con niños jugando en la parte del patio y en las escaleras, nadie les decía nada porque eran niños, y necesitaban divertirse un poco, pero a María no les gustaba los niños, mejor dicho, parecía que los odiaba.
Un día, la señora salio a tender su ropa, pero por desgracia el tendedero quedaba cerca del patio, y los niños siempre estaban allí. 
- FUERA!! 
Les decía con voz muy gruesa y ronca, pues la señora se la pasaba fumando. 
La señora tendió su ropa, y un velo especial para ella, era de seda, muy fino y blanco, ese velo era su adoración.
Días atrás Había llovido muy fuerte, las plantas estaban aun mojadas y habían charcos formados, unos niños del edificio estaban jugando a las escondidas, y le tocaba contar a Carlitos, el mas pequeño del grupo. 
Todos los niños se escondieron, dejando a Carlitos atrás buscándolos. 
Carlitos corriendo buscando a los chicos, le pareció que Había visto a uno de sus amigos cerca del patio del apartamento de la señora María, y decidió ir. 
Al llegar, noto que no era nada, solo era una planta que se movía con el soplido del viento, y al retroceder, sin querer tropezó con un gran charco de lodo, sus manos quedaron totalmente marrones, no podía limpiarse de su ropa porque era nueva, y lo vio, aquel bonito velo blanco, y decidió limpiarse sus manos con este, pues esto fue producto de la casualidad. 
Al terminar, el velo quedo muy manchado, de blanco paso a marrón en un instante, y al terminar noto que la reja de la casa de la señora María se abría. 
Y esta le dijo: 
-Pero que has hecho niño malcriado!!! 
Le hablo tan feo al pequeño Carlitos que rompió a llorar y dijo: 
-Señora María, perdóneme, es que me tropecé. 
Le respondió: 
-Y eso te da derecho de arruinar mi velo? Eres un niño malo y si dios no te castiga yo lo haré. 
La señora llena de rabia y coraje abofeteo al pequeño Carlitos, y este se fue llorando. 
A la mañana siguiente, algunos vecinos dijeron que en la noche anterior escucharon ruidos muy extraños en el apartamento de la señora, y que salía un apestoso humo de este, pero nadie le hacia caso a esas habladurías. 
Carlitos, triste le contó a sus amigos lo que Había pasado, y Juan le dijo: 
-Tranquilo Carlitos, esa vieja se va a arrepentir… 
Los chicos fueron por globos rellenos de lodo y papel higiénico, acribillaron el apartamento, lo dejaron inmundo, solo fue cuestión de minutos para que saliera la malvada mujer. Parecía poseía y se le veía en la mirada que estaba llena de odio, fue corriendo intentando atrapar a los niños, y cayo en sus manos el pobre Carlitos, el niño desesperado dijo: 
-Suélteme!!! Ayuda!!, Ayuda!! 
Pero nada ya era tarde, la mujer lo metió en su casa y le dijo: 
-quisiste buscar venganza, eres un niño muy malo, y a los niños malos le pasan cosas malas… 
La malvada mujer le hizo infinidades de maldades al niño, le corto la lengua, para que no fuese a gritar, fumaba y las colillas de cigarro se las apagaba en su pequeño cuerpecito, le fue cortando los dedos uno por uno, sus dientes se los quitaba con un alicate, y le arañaba su cuerpo. 
Los padres de Carlitos fueron hasta la casa de aquella señora, habían buscado por todas partes y nada que encontraban a Carlitos. 
Entraron a la fuerza con algunos vecinos hombres, y lo que encontraron fue, un pequeño cuerpo sin vida y a una mujer arrodillada, con un velo blanco y manchado en su cabeza. 
Los vecinos voltearon a la mujer y esta estaba muerta.
Dicen que aquella noche que los vecinos escucharon esos ruidos extraños y ese apestoso humo, era el Diablo que Había ido a visitar a la mujer, dicen que hizo un pacto con el, que le daría 2 almas sufriendo a cambio de que ella viviera para siempre, y al solo presentárle el alma de Carlitos, el diablo también se llevo la suya. 

La niña sin manos


La niña sin manos


Esta historia le paso a un chico llamado Servando, aunque la historia la contó su hermana. Todo comenzó cuando mis amigas y yo contábamos historias en la escuela , a causa de que la noche anterior, mis amigas habían pasado por la escuela y vieron una sombra detrás del laboratorio, eso no me causo nada de miedo, así que se los dije, y Mayra-la hermana de Servando- dijo que contaría una mejor. 

El chico llego de trabajar un poco tarde, y su madre le pidió que hiciera algo pero como no quiso hacerlo, salió al patio de la casa y se sentó en una hamaca. De repente, vio a una niña que iba a gatas, la cual pasaba por enfrente de su casa. Ella volteo a mirar a Servando con unos enormes ojos completamente rojos. La niña hacía señas como nosotros las hacemos, con los dedos para llamara a alguien, solo que ella no podía, porque no tenía manos… A esta niña le hacían falta las manos, y sus brazos solo llegaba a los codos. El chico se metió rápidamente a su casa, pero 
apenas había entrado, sin sentir el miedo, exigió de cenar. Como no le gusto lo que había hecho su madre, se negó a comer y dijo que así, se iría a dormir… y justo a la entrada de su cuarto, paró en seco…. En el bordo de la cama estaba la niña sin manos y de ojos rojos, haciendo las mismas señas. Parecía saber que él estaba haciendo algo malo y quería llevárselo a algún lugar. Servando no pudo moverse, ni para adelante ni para atrás. Afortunadamente para él, llego su hermano menor pidiéndole que lo dejara dormir en su cama, pues parecía que llovería y había truenos por todo el cielo. Servando accedió porque más miedo tenía él, que su hermano. Desde ese día, no ha vuelto a ver a la niña…. Hasta ahora….